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Luis Hernández Alfonso, en la Cárcel Modelo de Madrid |
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La relación de sus nombres, de izquierda a derecha, tal y como la trae dicha publicación, es la siguiente: Garzón Bas, Ángel García, Justo Aedo, Jesús del Río, Ángel Galarza, Luis Hernández Alfonso, Antonio Sánchez Fuster, Carlos Castillo, Niceto Alcalá Zamora, Largo Caballero, Fernando Brisuel, Fernando de los Ríos, Miguel Maura, Emilio Palomo y Casares Quiroga. Precisamente al cumplirse a principios de 2006 los 75 años de aquel cautiverio masivo que alumbraría pocas semanas después el advenimiento de la II República, queremos consignar aquí la crónica de aquellos cincuenta días de cautiverio en la narración que de ellos haría sólo dos años después Luis Hernández Alfonso en su obra Verdad y mentira de la República Española (Ediciones Boro, Madrid 1933, cap. II y III, págs. 23-42).
CAPÍTULO II DEL 12 DE DICIEMBRE DE 1930 AL 1 DE FEBRERO DE 1931
La noticia causó impresión enorme en quienes ignoraban la preparación del movimiento revolucionario. En las primeras horas de la mañana del día 13 de diciembre de 1930 los empleados y los obreros, al encaminarse al lugar de su trabajo, leían con estupor la nota oficiosa que publicaba la Prensa. Los titulares de los periódicos decían, simplemente: «En Jaca, parte de la guarnición y elementos extraños a ella inician un movimiento de rebeldía». Y más abajo: «Se ha declarado el estado de guerra en Aragón y se ha restablecido la previa censura». La literatura oficial de aquella época empleaba los más rotundos adjetivos con prodigalidad notable; las notas oficiosas habían perdido el encanto del pintoresquismo vertido en ellas por Primo de Rivera, el dictador que creía cumplir un alto deber informándonos de que las mujeres le miraban al pasar y él correspondía a tal atención con requiebros. Pérdida tanto más lamentable cuanto que no se hallaba compensada con ninguna ganancia en el orden gramatical ni en el del sentido común. Continuaban disfrutando del favor oficial, como hemos visto, las frases «elementos extraños», «movimiento de rebeldía», etc. En la versión facilitada por el Gobierno se decía que el «criminal intento» estaba «localizado» y que el pueblo debía depositar su confianza en sus gobernantes, quienes, en cumplimiento de sus deberes, serían rigurosos en el castigo de los culpables. Cuando, a las dos y media de la tarde, llegamos a la redacción de El Presidencialista (periódico republicano que desde principios de 1928 se publicaba en Madrid bajo nuestra dirección) nos esperaba la policía, que nos condujo al viejo caserón de la calle de Víctor Hugo, asegurándonos que el Director General de Seguridad deseaba hacernos unas preguntas. Según los agentes, en cinco minutos estaría terminada nuestra comparecencia. Padecieron un pequeño error, porque los cinco minutos se convirtieron en cincuenta días de alojamiento forzoso en la cárcel. La policía se equivocaba entonces con frecuencia. Tras de unas horas de encierro en los sótanos de la Dirección, nos llevaron a la Prisión Celular, donde, justo es consignarlo, fuimos tratados correctamente. Horas antes de nuestra llegada habían ingresado los señores Ortega y Gasset (E.), Giral, Botella Asensi, Lezama, Palomo y Escudero (1). Poco después fue traido Sánchez Fuster, secretario particular de Lerroux. Se nos habilitó la celda C del Departamento de Políticos, situada en la parte que mira al Parque del Oeste, privada de sol eternamente y, en consecuencia, muy fría y obscura. A la mañana siguiente, hacia las nueve y media, nos hallábamos paseando al sol en el patio correspondiente a la segunda galería, cuando vimos aparecer a don Niceto Alcalá-Zamora y don Miguel Maura (2), que venían a aumentar el número de los encarcelados. El incidente nos sobresaltó. ¿Había fracasado totalmente el plan? Los recién llegados nos tranquilizaron; su detención y encarcelamiento no significaba lo que temíamos. El mecanismo revolucionario permanecía intacto y, en las primeras horas del siguiente día (esto ocurría el domingo 14 de diciembre), el movimiento se realizaría de acuerdo con lo proyectado. Aquella noche fue, para nosotros, interminable. Al amanecer estábamos todos en pie, esperando que abriesen las puertas de las celdas para averiguar lo que en la calle ocurriera; mas cuando pudimos reunirnos nada anormal observamos. La más absoluta calma se advertía en la prisión, y ningún ruido extraordinario venía de las vías circundantes. Esto nos desorientaba. Supimos minutos después que los obreros trabajaban; se percibía ya distintamente el ruido de los automóviles y los timbres de los tranvías. La orden de huelga no se había dado o, cuando menos, no se había cumplido. Esto era innegable. ¿Qué sucedía? Al abrirse, hacia las diez y media de la mañana, los locutorios, nuestros familiares nos informaron de lo que pudieron averiguar. Antes, durante el paseo matutino en el patio, habíamos visto volar dos aeroplanos, uno de los cuales arrojaba papeles que descendían revoloteando. Como habíamos supuesto, uno de aquellos dos aparatos era el piloteado por Ramón Franco, y los papeles, ejemplares del manifiesto suscrito por el Comité revolucionario. A los diez minutos de comenzada la comunicación oímos un griterío producido en el patio de la primera galería, ocupado por los detenidos comunistas, anarquistas y estudiantes a quienes suponíase complicados en lo de Jaca. Seguidamente, los oficiales de prisiones hicieron desalojar los locutorios y cerrar las ventanas que a ellos se abren en las celdas del departamento de Políticos. Salimos a la galería al tiempo que por ella pasaba Serrán, el procesado por el célebre asunto de los dos millones de pesetas. Sus palabras nos produjeron enorme impresión. «¡Se ha proclamado la República!», exclamaba alborozado; diríase, al ver su alegría, que su estancia en la cárcel (por la cual, dicho sea de paso, andaba a su antojo) obedecía a motivos políticos y no a su participación supuesta en un delito común. Abrazábanos Serrán a los ocupantes del departamento, a quienes nos informaba de que la gran noticia habíala oído por radio en el saloncillo de la Dirección o en no recordamos qué habitación «oficial» del edificio. Simultáneamente, en el patio antes mencionado, los comunistas cantaban La Internacional y, al ver a don Niceto Alcalá-Zamora en la galería encristalada, le ovacionaron. Correspondió al homenaje el hoy Presidente de la República, descubriéndose y saludando con la mano. Todos estábamos conmovidos. Creemos que fue el ayudante Sr. Moreno quien nos proporcionó un ejemplar de El Noticiero del Lunes; lo que sí recordamos con toda seguridad es que, suponiendo triunfante el movimiento, los señores Alcalá-Zamora y Maura hablaron con el Director de la Prisión para hacerle presente que procedía la libertad de los dirigentes revolucionarios en evitación de posibles excesos demagógicos. Este detalle nos disgustó profundamente a nosotros, y así lo declaramos al comunista Bullejos, que ocupaba una celda en el Departamento (3). «Ahora -recordamos nuestras palabras- habremos de luchar contra la reacción republicana». Pronto comprendimos que era prematuro hablar de ello. En torno a Miguel Maura, que leía El Noticiero en voz alta, nos reunimos los detenidos del Departamento. Aún nos parece verlo. Alcalá-Zamora, faz cetrina, con una pincelada blanca en el labio superior; Maura, rostro vulgar, de ojos abultados, recortado bigote y movilidad que obedece rápidamente a súbitos cambios de humor; Ortega y Gasset (E.), semblante abultado, con remate en crespa cabellera, que su dueño sacude como un león ante el adversario; Lezama, testa de abate, rizados cabellos gris plata, bigote mosqueteril... Otros rostros: irónico el de Botella Asensi; suspicaz el de Escudero; burlón el de Palomo (el moro toledano); cachazudo y tranquilo el de Giral. En segundo término, el de José Bullejos, de labios plegados en gesto duro, de tesón e intransigencia. Pero todas aquellas expresiones se fundieron en una, de dolor y rabia unidas... El brutal laconismo de la nota oficiosa daba cuenta de la infamia ejecutada el día antes, domingo 14 de diciembre de 1930. A la lectura siguió un silencio penosísimo. Ni desfallecimiento, ni ánimo; aniquilamiento momentáneo, del que salimos plenos de indignación por el crimen, de desprecio para sus cobardes autores. Por natural reacción, se afirmó nuestra confianza en el porvenir; presentíamos que la sangre de los sacrificados sería la garantía más fuerte del triunfo definitivo. Los tiranuelos habían cometido la insensatez de despertar la sensibilidad dormida en muchos hombres hasta aquel día indiferentes. La comida transcurrió silenciosamente; pesaba sobre nosotros la tragedia de Galán y García Hernández. Por la tarde la comunicación se verificó normalmente; entonces supimos que el movimiento había fracasado. Franco, al ver que no se declaraba la huelga general, había reemprendido el vuelo y desaparecido con rumbo ignorado. En el cuartel de la Montaña, grupos de obreros y estudiantes que lograron introducirse habían sostenido tiroteo con las fuerzas enviadas por el Gobierno; pero todo había terminado rápidamente. Comenzaron a venir nuevos detenidos, que eran destinados a la galería primera. Como se había proclamado el estado de guerra, los presos que ingresaban quedaban sujetos a la autoridad militar. Poco a poco íbamos conociendo detalles que eran vehementemente comentados. Los muchachos sorprendidos dentro o en los alrededores del cuartel que se llamó del Príncipe Pío, nos relataron cuanto habían visto y oído antes y después de ser apresados; en aquella jornada ingresaron más de un centenar. Había entre ellos obreros, estudiantes y oficinistas. Los grupos que en el patio buscaban la tibia caricia del sol eran pintoresca y admirablemente heterogéneos; junto al estudiante vestido con arreglo a la última exigencia de la moda, el vendedor ambulante con su deteriorado guardapolvo. Y se advertía en la curiosa mezcla un confortador espíritu de camaradería y fraternidad. Supimos pronto que los obreros que debían reunirse en los puentes para impedir en acceso de las tropas del Gobierno a Cuatro Vientos no habían acudido sino en escasísimo número; que la huelga general no se produjo y, en suma, que por las causas que fueren, la U. G. T. no había dado señales de vida en la actuación revolucionaria. En efecto; entre los detenidos había comunistas, radicales, republicanos conservadores, radical-socialistas, anarquistas, federales... Los socialistas no tenían allí una representación; acaso había uno o dos afiliados al partido; pero se hallaban presos en virtud de su espontánea intervención, no por actuar siguiendo instrucciones de sus dirigentes. Han transcurrido ya dos años desde entonces; pero conserva nuestra memoria el recuerdo fiel de palabras y gestos. Hemos dicho en el prólogo que este libro no se ha escrito con miras interesadas, ni, al hacerlo, buscamos el escándalo. Quédense tan mezquinas empresas para plumas incapaces de emprender y realizar otras de mayor envergadura. Pero si no buscamos efectos teatrales, tampoco refrenamos el deseo de relatar los hechos tal como los presenciamos, aunque ello provoque el enojo de quienes creen que es mejor callar la verdad amarga y enturbiar el agua transparente. Los comentarios fueron extraordinariamente duros. Por elemental delicadeza no los reproducimos al pie de la letra. Se aludió a la inexistencia del factor socialista y alguien expuso que, según se le había informado durante la comunicación, en la noche del 14 al 15, es decir, del domingo al lunes, uno de los más populares paladines del partido, ex-concejal y miembro que fue del Comité de huelga en 1917, había estado en el ministerio de la Gobernación conferenciando con el Ministro; se añadía por unos que había ido espontáneamente y otros aseguraban que se le invitó previamente a conferenciar. Pero todos los que daban por cierta la visita hacían responsable de la inexistencia de la huelga al leader socialista aludido, sobre el que caían censuras y apóstrofes variadísimos (4). Agotadas las hipótesis y conjeturas, cada cual exponía su particular opinión. Durante los siguientes días, todas nuestras conversaciones giraban en torno de ese «punto negro», hasta constituir una obsesión enojosa, molesta, de la que, momentáneamente, nos distrajo el ingreso de Albornoz y Galarza, detenidos en Alicante y trasladados, no muy confortablemente, por cierto, a la Prisión Celular madrileña (5). Pero lo verdaderamente sensacional fue el ingreso de don Fernando de los Ríos y don Francisco Largo Caballero. Esperábamos ya su entrada y estábamos preparados a recibirlos cortés pero fríamente, como se acoge a quienes no han hecho cuanto debieron en empresa de suma importancia y trascendencia. Anochecía ya, cuando en la galería donde pasábamos la mayor parte del día penetraron los dos prohombres socialistas, acompañados de un alto funcionario de prisiones. Al «buenas tardes, amigos» de los recién llegados se correspondió con otro «buenas tardes»; y a esto siguió una pequeña pausa harto molesta. No quisiéramos incurrir en inexactitud alguna; y creemos recordar que fue De los Ríos quien puso fin a la violenta escena diciendo: «Esperamos que no se formularán ahora reproches; en su día se aclarará debidamente lo sucedido». Como es natural, no se hizo alusión a la huelga y se habló del curso de los acontecimientos, mostrándose por todos un animador optimismo. Diremos, con objeto de que se aprecie cómo procedían las autoridades, que hasta cumplirse los diez y ocho días de nuestro encarcelamiento no fuimos interrogados por el juez especial ni siquiera por un representante suyo. En el supuesto de que hubiera existido un error, cuyo esclarecimiento podría interesar más a nuestros enemigos que a nosotros, la complicación no se habría deshecho hasta entonces, al comparecer ante el general Lombarte, instructor del sumario promovido por la intentona (6). Nuestra declaración fue, lógicamente, una continua y rotunda negativa, único modo de defensa contra preguntas malintencionadas, capciosas y equívocas. Entre tanto, el fervor republicano hacía que, a la hora de visita, se agolpase en los alrededores de la cárcel una muchedumbre que iba luego rápidamente desfilando por los locutorios. Tarde hubo en que estrechamos mil manos, hasta el punto de que las nuestras quedaban maltrechas y doloridas. Ciudadanos de todas las clases sociales, mujeres, niños... Era un torrente confortador y emocionante. Todos se nos ofrecían con palabras en que vibraba la sinceridad; y muchos eran los que nos enviaban obsequios. Tabaco, libros, dulces, licores... Durante las fiestas pascuales, el número de regalos excedía a nuestra capacidad de consumo. En la larga mesa que utilizábamos para comer se amontonaban las cajas de habanos, los turrones y mazapanes, los tarros de conservas, etc. Nada nos faltó en aquellos días. El último del año se recibió un telegrama del comandante Franco, refugiado en Francia a la sazón; el despacho profetizaba un «1931 republicano». Acertó plenamente el célebre aviador en su vaticinio. A principios de enero formábase cada tarde, en la calle que entonces se denominaba de la Princesa (7), una nutrídisima manifestación; millares de personas se reunían en aquel lugar, más por hacer así pública protesta contra el régimen que por saludarnos. Desde las ventanas de las celdas del último piso, galería primera, se podía contemplar el espectáculo. El gobierno, dícese que por exigencia del monarca, dio orden de que sólo pudieran visitarnos cinco personas a un tiempo y diez cada día, como máximo; para ello debíamos dar con anticipación lista de nombres. Tan rigurosas medidas dieron lugar a protestas airadas tanto en la calle como en la prisión. En aquélla se oyeron gritos subversivos y numerosos grupos se encaminaron por vías céntricas a la Puerta del Sol, donde fueron disueltos por las fuerzas de Seguridad y la policía. En la cárcel, los recluidos en la galería primera acordaron declararse en «huelga de comunicación» y negarse a comunicar incluso con sus familiares. El acuerdo, adoptado por unanimidad por comunistas, sindicalistas, radical-socialistas y radicales, fue comunicado a nosotros, los hospedados en el Departamento de Políticos, por el comunista Bullejos y los anarquistas Álvarez de Sotomayor y Benito Anaya (8). De esto nos ocuparemos en el siguiente capítulo porque merece ser referido, ya que aquí surgió la primera divergencia de criterio entre cuantos, por la misma causa, padecíamos cautiverio en la Prisión Celular de Madrid.
«Maura, rostro vulgar, de ojos abultados, recortado bigote y movilidad que obedece rápidamente a súbitos cambios de humor...»
«Ortega y Gasset (E.), semblante abultado, con remate en crespa cabellera, que su dueño sacude como un león ante el adversario...» «Otros
rostros: irónico el de Botella Asensi...»
CAPÍTULO III DEL 12 DE DICIEMBRE DE 1930 AL 1 DE FEBRERO DE 1931 (continuación)
Desde que arribara a la cárcel Largo Caballero, comunistas y sindicalistas abrigaban recelos y no veían con gusto que el mencionado señor, a quien no tenían mucho aprecio, interviniese en los planes revolucionarios que desde el encierro se tramaban. Tan claramente se percibía esta animadversión, que Largo se abstuvo de bajar al patio de la primera galería, donde varias veces paseó su correligionario De los Ríos sin que nadie se molestase por ello. Estos detalles no son nimios, como a primera vista puede creerse, ya que las pequeñas causas suelen tener efectos insospechados por su magnitud, y acaso de la tirantez de relaciones carcelarias han brotado furtos que alcanzaron su madurez tras de proclamarse la República. Tenemos razones para suponerlo. Al plantearse la «huelga de comunicación», se requirió a los «políticos» para que la secundasen. Cambiamos impresiones y de todos los que en aquel Departamento estábamos sólo Palomo y quien estas líneas escribe nos adherimos a la protesta. Alcalá-Zamora, contestando a Feliciano Benito Anaya, cuando éste, en tono irritado, le pidió respuesta, manifestó que no podíamos privarnos de comunicar, porque era preciso dar instrucciones a los revolucionarios que, aún en libertad, habían de continuar la labor comenzada. Se le replicó que, a tal fin, bastaría que comunicasen uno o dos miembros del Comité con dos o tres personas; esto -justo es decirlo- era inadmisible pues, como con razón sobrada observó don Niceto, equivaldría a poner a las autoridades en posesión de pistas seguras. No había posibilidad de términos medios; o no se comunicaba con nadie o se hacía normalmente con cuantos se pudiera. En una especie de junta general que se celebró en el patio de la primera galería, nosotros expusimos nuestro personal criterio, que era el de secundar sin reservas la huelga declarada. Se nos dio el encargo de reiterar a Alcalá-Zamora la petición de solidaridad; pero nuestra gestión tuvo por resultado la repetición de la negativa, que al ser transmitida a quienes nos encomendaran el asunto provocó epítetos no muy académicos y calificaciones poco satisfactorias. Desde aquel día, los presos de la galería primera se consideraron aparte de los «políticos», a los que motejaban de «esquiroles», exceptuándonos solamente a Bullejos y al autor de este libro, que cumplimos en acuerdo de no comunicar con nuestros familiares hasta que en una nueva junta se nos relevó expresamente del compromiso que por compañerismo contrajimos espontáneamente. Una mañana -lucía el sol como en primavera- entró en el Departamento un hombre delgado, con barba muy descuidada (indudablemente hacía más de quince días que no se afeitaba) y aspecto de poca salud. Nos costó algún trabajo reconocer en él a Santiago Casares Quiroga, miembro del Comité al que se le había asignado para el día del triunfo la cartera de Marina (9) y que, detenido en Jaca el mismo día de la sublevación, había sido tratado sin consideración alguna. Daba pena verle, demacrado, débil, recibiendo con fruición los rayos solares tras de muchos días de reclusión en calabozos fríos y húmedos en Jaca y Huesca. Nos contó su odisea y, al hacerlo, no podía ocultar su contento al estar entre amigos, con un camastro en que dormir y una galería encristalada por la que pasear al calor del sol o junto a la estufa de carbón que nos había concedido el Director de la cárcel. Por las noches, generalmente después de la cena (que se celebraba a las siete y media), los miembros del Comité -Alcalá Zamora, Albornoz, Maura, De los Ríos, Giral, Largo Caballero y Casares Quiroga-, a los que se agregaba invariablemente Galarza, se reunían durante una hora en la celda de Maura. Allí deliberaban acerca de los planes de actuación revolucionaria, mientras los demás -el pueblo, como decía Palomo- (Aedo, Buñuel, Morán, Ortega [y] Gasset, Palomo, Escudero, Lezama, Botella, Bullejos y nosotros) charlábamos en la galería o en cualquiera de nuestras celdas (10). Los «ministros» eran espiados en sus «consejos» por funcionarios que escuchaban sus conversaciones, ocultos en el locutorio de la celda en que estaban reunidos; descubierta la maniobra cierta noche por Emilio Palomo, adoptáronse precauciones; se cubría la ventana, por la que durante el día se comunicaba, con un tapiz que aminorase el ruido de las voces, y cada día el consejo se celebraba en celda distinta. Indudablemente algunos decretos de los que el Gobierno Provisional dictó a raíz del cambio de régimen fueron estudiados en la cárcel. Durante las comidas, escuchamos opiniones de las que más tarde nos hemos acordado cuando hemos visto a los que las sustentaban proceder en la realidad de manera opuesta a lo que era lógico esperar de ellos. Tal ha ocurrido, por ejemplo, en el asunto de la Telefónica, acerca del cual era casi unánime la apreciación de que debía rescindirse el contrato, tan pronto como la República se instaurase, incautándose el Estado del servicio. También se hablaba de fulminante disolución del organismo policiaco, destituciones de personal diplomático y militar y otras medidas que, o no se han adoptado aún o, en caso contrario, han distado mucho de parecerse, por su intensidad y su rapidez, a lo proyectado en los días de cautiverio. ¡Cuántas veces Galarza condenaba con frases durísimas procedimientos que, meses más tarde, usaba él mismo cuando era Director de Seguridad! ¿Qué hubiera dicho entonces si se le augurase que un día ordenaría que se disparase sin previo aviso contra los que saboteasen las líneas de la «canallesca» -era su frase- Compañía Telefónica Nacional de España, en una huelga justa y natural? Pero acaso lo que más frecuentemente ha acudido a nuestra memoria ha sido cuanto allí se hablaba con relación a la Guardia Civil y a su director, el general Sanjurjo. Todos los insultos que contiene el diccionario de la Academia, más cuantos usa el pueblo -y que son instranscribibles por nada académicos- cayeron sobre el «soldadote», tan odiado (muy justamente, en verdad) por los revolucionarios españoles. Era preciso -se decía cuotidianamente- disolver el «benemérito instituto», y respecto de su director, quién hablaba de fusilarle, quién de condenarle a cadena perpetua... Los más benignos pedían para aquel «verdugo», a quien culpaban de la muerte de los sublevados de Vera del Bidasoa, la deportación a Fernando Póo o a la Guinea Continental... Ni uno solo de los hombres allí reunidos admitía la posibilidad de que los «crímenes» de Sanjurjo quedasen impunes cuando la causa que defendíamos triunfase. Y esos mismos hombres, al proclamar la República el día 14 de abril siguiente, es decir, tres meses más tarde, la colocaron bajo la protección de los «criminales uniformados» (continuamos repitiendo las frases que oímos a los prohombres revolucionarios) y de su jefe, el «verdugo» ajusticiable, suma y compendio de todas las iniquidades que puede representar un hombre. Nada digamos acerca de sanciones a los que directa o indirectamente hubieran cooperado en las dictaduras, y muy especial a quienes, como Rodríguez de Viguri y Estrada (11), consintieron el fusilamiento de los héroes de Jaca, siendo así que ellos, ministros del gabinete Berenguer, habían conspirado también contra Primo de Rivera un año antes. Deportaciones, encarcelamientos, expropiación de fincas, revisión de contratos (C.A.M.P.S.A., Telefónica, Morgan...); nada se hizo después igual que en el rato de charla de sobremesa se proyectaba. Mientras, el dictador preparaba unas elecciones que, según prometía, serían rigurosamente sinceras; no obstante lo cual, los partidos republicanos anunciaban su abstención en las urnas electorales. La atmósfera pública se hacía cada vez más hostil, no sólo al Gobierno dictatorial, sino al régimen monárquico y personalmente a Alfonso de Borbón. Los «constitucionalistas», cuyo principal caudillo era a la sazón Burgos Mazo (12), pedían Cortes que redactasen un nuevo Código fundamental del Estado, en sustitución del que pisoteara el general jerezano el día 13 de septiembre de 1923. Muchos monárquicos sólo pretendías hallar el medio de evitar una caída estrepitosa y lamentable del régimen, poniendo a salvo lo que de él les parecía digno de supervivencia. Ossorio y Gallardo, que poco después de la muerte de Galán y García Hernández había enviado al general Berenguer una carta enérgica, dura, casi conminatoria, comenzó a decir públicamente que la corona no debía permanecer en las sienes de Alfonso XIII, sino que éste debía abdicar en favor de un hijo suyo. Berenguer vacilaba y, en realidad, más influían desde su celda en la marcha política los componentes de la junta revolucionaria que algunos ministros desde su despacho oficial. El sentir del pueblo era diáfano. Desde la insigne torpeza de los fusilamientos del 14 de diciembre (efectuados, para mayor escándalo entre los monárquicos sinceros y creyentes, en un domingo, vulnerándose una piadosa costumbre española de no ejecutar a ningún reo en el «día del Señor»), el Gobierno se había hecho despreciable para la casi totalidad del pueblo. A los funerales de los mártires de Jaca asistieron, en heterogéneo conjunto, obreros, empleados, militares, artistas, religiosos y ateos... El recuento de fuerzas se verificaba espontáneamente; la realidad era tan desagradable para la dictadura, ya carente de todo vestigio de fuerza moral, que en el ánimo de todos estaba la inminencia de su caída. Pero no puede abandonarse con facilidad la gobernación de un pueblo; y mucho menos si se ha ejercido con arbitrariedad y violencia, despertando en el país la indignación y el odio. En tales trances, cualquier retirada tiene caracteres de huida, y el enemigo puede y suele aprovecharla para emprender un avance definitivo que le asegure la victoria. Se veía la preocupación del Gobierno en las benignidades tardías, en las libertades provisionales, en el anuncio de medidas encaminadas a «restablecer la normalidad» tanto tiempo interrumpida. Si antes era difícil el acceso al Poder, ahora era peligrosísimo abandonarlo después de haber sembrado, durante el período de Gobierno, discordias, odios y crímenes. Tal era la situación política cuando, el último día de enero a las nueve y media de la noche, fuimos puestos en libertad y pudimos ir adonde nuestra hijita se hallaba gravemente enferma (13). Podríamos llenar muchas páginas con anécdotas (algunas muy sabrosas), incidentes, detalles curiosos, etc., de nuestra permanencia de casi dos meses en la celda C del Departamento de Políticos de la Prisión Celular madrileña; pero preferimos limitarnos a esta sobria reseña, única cosa necesaria para la finalidad de nuestro libro. En otros capítulos volveremos a referirnos a las opiniones que antes oímos en los labios de personas que hoy no parecen acordarse de lo que entonces dijeron.
[1] Eduardo Ortega y Gasset, hermano del filósofo, fue abogado y periodista. Militó en el Partido Radical-Socialista y fue primer gobernador civil de Madrid bajo la República y Fiscal de ésta. Moriría en el exilio. Antonio de Lezama González fue escritor, editor y periodista en numerosos medios, entre ellos el importante diario La Libertad. Militó en Izquierda Republicana y fue uno de los 17 intelectuales republicanos refugiados en la Embajada de Chile en Madrid al terminar la guerra. Evacuado con los demás en 1940, vivió su exilio en aquel país. El toledano Emilio Palomo Aguado (n. 1898) sucedería a Eduardo Ortega y Gasset como gobernador civil de Madrid en junio de 1931. Como independiente en las filas del Partido Radical-Socialista, ocupa el cargo de ministro de Comunicaciones en el VI Gobierno de la República, presidido por Martínez Barrio (8/10/1933-16/12/1933), y militando ya en Izquierda Republicana es elegido diputado por Toledo en las elecciones de febrero de 1936. Exiliado en México, fue miembro de la JARE. El mismo año de su ingreso en la Cárcel Modelo de Madrid había publicado en Morata -editorial en la que también publicaba por aquellos años Luis Hernández Alfonso- la obra titulada 2 ensayos de revolución. ¿España en marcha?. También escribió sobre la cuestión agraria en la revista Cuadernos de Cultura. Sobre el otro compañero de cárcel mencionado, Escudero, carecemos por el momento de datos que nos permitan identificarlo.
[2] Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura serían objeto de sendas entrevistas por parte de su compañero de prisión Luis Hernández Alfonso, publicadas por la revista barcelonesa La Calle respectivamente el 14 y el 21 de febrero de 1931. [3] José Bullejos Sánchez (1899-1974) era a la sazón, y desde 1925, secretario general del PCE. Fundador de Mundo Obrero y de la revista Bolchevismo, se presentó como jefe de lista del Partido en Asturias a las Constituyentes de junio de 1931, en las que no salió elegido. En 1932 es expulsado del PCE junto con otras relevantes figuras. Ingresa en el PSOE y al final de la Guerra se exilia en México, donde se doctoraría en Derecho y Ciencias Sociales y escribiría varias obras de bibliografía, que vendrían a añadirse a su producción de carácter autobiográfico y político, entre la cual destacan: España en la segunda República, Impresiones Modernas, México 1967 y La Comintern en España: recuerdos de mi vida, Impresiones Modernas, México 1972. [4] Naturalmente, se trata de Francisco Largo Caballero. [5] El abogado zamorano Ángel Galarza Gago (1892-1966) fue, junto con el recordado Álvaro de Albornoz, uno de los fundadores, en 1929, del Partido Radical Socialista, partido que acabaría abandonando por el PSOE. Nombrado Director General de Seguridad con el advenimiento de la República, militaría más tarde en el PSOE y llegaría a ocupar en septiembre de 1936 la cartera de Gobernación en el gobierno encabezado por Largo Caballero. Exiliado en México, murió en París. De su relación de amistad con Luis Hernández Alfonso dan testimonio dos cartas autógrafas de éste conservadas en el Archivo General de la Guerra Civil y dirigidas a Galarza durante su desempeño de la Dirección General de Seguridad, cartas que reproduciremos en este sitio. Semejante amistad no fue óbice para que Hernández Alfonso, siempre cuidadoso discriminador entre la persona y sus obras e ideas, critique vehementemente, unos párrafos más abajo, la posterior actuación de Galarza al frente de la Dirección General de Seguridad en la brutal represión de la huelga de la Telefónica. [6] El general Lombarte, nombrado jefe de Aeronáutica Militar el 8 de enero de 1931, cargo en el que le sucedería, con el advenimiento de la República, el comandante Franco, ya durante la Guerra Civil dirigiría la Sección de Personal de la Secretaría de Guerra en el gobierno faccioso de Salamanca. [7] El Ayuntamiento republicano cambió el nombre de la Calle de la Princesa por el de Blasco Ibáñez. [8] Representante prototípico de ese mundo de matriz anarquista que pasó a engrosar los movimientos sociales de adscripción derechista, Nicasio Álvarez de Sotomayor, militante de la CNT y líder de la famosa huelga de la Telefónica bajo la República, sería con el paso del tiempo uno de los fundadores y dirigentes de la Central Obrera Nacional-Sindicalista junto con el también anarquista Guillén Salaya y el comunista Manuel Mateo. Y con la expulsión de Ramiro Ledesma de FE de las JONS, también causaría baja en este movimiento. Moriría en trágicas circunstancias, al igual que el cenetista Feliciano Benito Anaya, quien sería durante la Guerra comisario jefe del IV Cuerpo de Ejército republicano. [9] Casares Quiroga acabaría desempeñando esa misma cartera en el primer gobierno republicano. [10] Justo Aedo militó en Izquierda Republicana. Carecemos por el momento de más datos sobre él y sobre otros dos compañeros de cárcel de Hernández Alfonso: los aquí citados Buñuel y Morán. [11] Luis Rodríguez de Viguri y José Estrada y Estrada (1877-1936) desempeñaron respectivamente las carteras de Economía y Fomento en el gobierno del general Berenguer. El segundo fue también ministro de Gracia y Justicia, y moriría fusilado en Málaga el 20 de septiembre de 1936. [12] Manuel de Burgos Mazo (1862-1946) fue ministro de Gracia y Justicia en el gobierno presidido por Eduardo Dato en 1917 y de Gobernación en el de Sánchez Toca en 1919. En este último cargo presentó en el Senado un proyecto de ley de bases para grandes ciudades, que no llegó a prosperar. [13] Se trata de Mari Loli Hernández Rodríguez, hija primogénita del autor y de su esposa María de los Dolores Rodríguez Cárdenas (1898-1994), que moriría el 13 de marzo de 1933 a la temprana edad de cuatro años, y cuya muerte inspiró a su desconsolado padre un ramillete de poesías de honda emoción y ternura cuyos manuscritos conserva devotamente su familia. |
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Página actualizada el 31/05/2006 Pablo Herrero Hernández - Madrid, 2005-2006
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