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"LA CALLE" (Barcelona, nº 1, 14-2-1931) |
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Aun cuando sobradamente supongo su respuesta, le pregunto: –¿Cree usted que se debe ir a las elecciones? (1) –Resueltamente, y afirmándome más cada día –responde sin vacilación alguna– me he demostrado enemigo de acudir a unas elecciones que, de tener lugar (pues aún lo dudo), serían las más escandalosas que España hubiera conocido, pues, como suele decir, con alarde que lo retrata, el organizador de ellas, nada tendrían que envidiar a la peor de las Repúblicas suramericanas. – Bien; pero en el caso de hacerse, ¿cómo estima usted que se desenvolvería la etapa parlamentaria? – Tales Cortes ordinarias, en adecuada relación con su origen, serían absolutamente infecundas para el bien, utilizables sólo como encubridoras de los escándalos de la dictadura y coautoras directas de los nuevos atrevimientos que acometieran los escépticos audaces que pregonan la primacía del materialismo y el desdén por la dignificación de la vida ciudadana y el restablecimiento de la voluntad nacional. – ¿Y si en lugar de ordinarias fueran Constituyentes? – Cortes Constituyentes merecedoras de tal nombre y a las que deba acudirse con entusiasmo, suponen la previa desaparición de todo otro Poder constituido, salvo el Gobierno provisional, emanado del acto de energía patria e incompatible con toda autoridad histórica. La coexistencia de ésta, más o menos limitada, con una Asamblea Constituyente, es una contradicción lógica y un absurdo, patentizados por la Historia, aun sin las singulares condiciones de momento y personales, sin duda jamás igualadas, que harían de cada audiencia palatina una conspiración y de cada trámite parlamentario un tumulto, hasta terminar, inevitable y francamente, en nuevo golpe de Estado o en plena revolución. – ¿Cree usted que estamos ahora en el mismo caso de las Cortes Constituyentes de la segunda mitad del pasado siglo? – Como los hechos históricos son parecidos, pero jamás idénticos, el momento actual no se confunde con ninguno de aquellos a que usted alude. Las Cortes de 1876 votaron la ratificación, resignada por el cansancio, y cohibida por el goce del poder, del acto de fuerza; pero no fueron verdadera Asamblea Constituyente, que supone ser libérrimo, supremo y, en rigor, único órgano del Poder nacional. Más parecido debemos desear –y por lo mismo el régimen procurará que no lo haya– con las Cortes de 1869, verdaderamente soberanas por expulsión del obstáculo tradicional. La subsistencia de éste, en 1856, aun con protestas y ficciones de sometimiento y enmienda, mostró la verdad de la contestación dada a la anterior pregunta. Se pretendió entonces conciliar la presencia de la realeza con la apertura amplia de un período constituyente total, y como el empeño era irrealizable, la camarilla llevó la discordia al Gobierno, la fuerza armada a las Cortes y el proyecto de Constitución votada a la curiosidad erudita pero estéril de libros y archivos. – Respecto a la denominada República conservadora, ¿cómo sería? – Podría decir que sería la República española, sin más aditamento –contesta con firmeza el Sr. Alcalá Zamora–, porque aquel matiz se confunde con la forma inicial visible de tal institución. Indicaré, tan sólo, que de ningún modo pretendería la petrificación conjunta de los intereses, fórmulas y valores que se cobijan bajo tal nombre, porque, buscando una vitalidad intensa y fuerte para lo que merezca y deba subsistir hondamente transformado, necesita, en bien de ello mismo y sin que se lo recuerden los radicales, eliminar, con su convivencia dañosa, todo lo podrido, inicuo, caduco y farisaico que se parapeta en los intereses creados. Con ello, la República conservadora serviría a las realidades poseedoras de tal pujanza y a las tradiciones dignas de tamaño respeto; pero, a la vez, prestaría al radicalismo, en cuanto tiene de implantable en justicia, el servicio de una autoridad para el caso y el empeño más indicada, y, para los lejanos desenvolvimientos, el cauce de legalidad respetable y posibilidades abiertas. – Finalmente, D. Niceto, quisiera saber si prepara usted algún libro en estos días de forzada ausencia de su despacho profesional. Sonríe mi interlocutor, y tras de una pequeña pausa, dice: – Quizá... Hasta ahora sólo he escrito algunos artículos para la Prensa extranjera. Veremos... Y proseguimos nuestro paseo, hablando de cuestiones de menor trascendencia. Cárcel Modelo, Madrid. 24 enero 1931
[1] El texto de las preguntas de Luis Hernández Alfonso a Alcalá Zamora es prácticamente idéntico al de su otra interviú en la Cárcel Modelo: la realizada a Miguel Maura, publicada en el siguiente número de La Calle. Ello facilita un interesante cotejo político e histórico entre las opiniones sustentadas por ambos líderes y, ya en un plano más biográfico y personal, un ejercicio comparativo entre el tono y la expresión de los mismos. |
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Página actualizada el 01/04/2006 Pablo Herrero Hernández - Madrid, 2005-2006
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